Cristian C. Bellot | (Micro)Relato XXXII: Otra vez
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(Micro)Relato XXXII: Otra vez

Las cuerdas le rasgaban la piel de las muñecas con cada movimiento que hacía para intentar liberarse. Las de las piernas estaban demasiado apretadas, apenas dejaban fluir la sangre descendiendo por los tobillos. Con la silla anclada al suelo, no tenía otra opción que forzar a sus brazos a realizar todo el trabajo.

Lo habían dejado solo desde hacía ya un buen rato, creyendo que con el último interrogatorio le habían arrebatado toda su energía. Otra vez los había engañado, otra vez había fingido una mayor debilidad de la que poseía. Se sentía pleno de poder, quizá debido a la adrenalina generada con la situación, y estaba convencido de escapar con éxito.

Siguió moviendo los brazos de derecha a izquierda y de arriba abajo, todo cuanto le permitieron las cuerdas, y poco a poco las notó aflojarse. Hasta que consiguió la abertura necesaria para sacar una de las manos, tirando con fuerza hacia sí mismo. Tenía la muñeca en carne viva pero no le preocupó; ni siquiera era capaz de sentir el dolor. Liberó sin mayores problemas el resto de extremidades, se levantó, estirando todo el cuerpo para eliminar el entumecimiento, y acabó de desatar una de las cuerdas por completo.

Se acercó a la puerta metálica con cerrojo en el exterior. Golpeó con el puño sobre el metal varias veces, llamando la atención del guardia que custodiaba el pasillo. Este se asomó a la ventana de la puerta, con lo que vio la silla vacía. Abrió, entró echando mano a su arma, y se encontró con una cuerda rodeándole el cuello y apretando con fuerza. Trató de golpear a su agresor, de abrir las vías respiratorias que la cuerda obstruía, pero ninguno de sus intentos le funcionó para evitar lo inevitable.

Tras eliminar al guardia, le arrebató su arma y salió al pasillo. Podía detenerse a examinar el resto de salas, comprobar a quién más habían atrapado, pero no le debía nada a nadie, solo a sí mismo, y no iba a desaprovechar una oportunidad única de escapar. Vio la palanca que activaba la alarma de incendios y no se lo pensó dos veces: tiró de ella hacia abajo. La alarma inició su canción, luces rojas empezaron a parpadear en conjunción, y los aspersores del techo comenzaron a inundar el pasillo.

Una de las puertas se abrió. No salió nadie del interior, tampoco un solo sonido. Entró con cautela y mucha curiosidad. Quería escapar, pero algo lo atrajo hacia esa sala, algo más poderoso que sus propios instintos. Por alguna razón, se plantó delante de la pared del fondo. Por alguna razón, levantó el arma, una porra de metal, aunque creía que llevaba una pistola. Por alguna razón, golpeó la pared con la porra hasta abrir un agujero por el que poder colarse. Metió el cuerpo en la oscuridad, su propio cuerpo, aunque lo sentía extraño y lejano.

Entonces oyó un sonido de estática, de unos y ceros, a los que prosiguió una voz suave de mujer que surgía de algún tipo de altavoz que sonaba como si estuviera incrustado en su oído:

Ruta de huida inválida. Pruebe otra vez.

Apareció en la sala donde había empezado todo, peleando con las mismas cuerdas.

Photo by Carson Greenhalgh on Unsplash

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