
11 Ene (Micro)Relato XXXVI: Cuatro hermanos
—No estoy de acuerdo —dijo Dos cruzándose de brazos.
—Tú nunca estás de acuerdo con nada —le reprendió Cuatro, mirando por la ventana a los pájaros que se acumulaban en la fuente del patio para escapar del infernal calor del verano, añorando su libertad como si algún día hubiera disfrutado de ella.
—Déjalo, es su forma preferida de rebeldía —lo desestimó Tres, casi siempre el más práctico y sensato, no queriendo alimentar el desafío constante de su hermano.
—Sí, y es lo único que se le da bien —añadió Cuatro en busca de un poco de acción en medio de un día tan aburrido.
—¿Qué has querido decir con eso? —preguntó Dos controlando la furia de su voz.
—Lo que has entendido.
—Justo tú no deberías hablar demasiado, Cuatro.
—Hablo lo que quiero, y siempre digo la verdad, por mucho que te moleste.
—¡Ya basta! —los reprendió Uno, el primero, el mayor, el líder. Se percató de que el volumen que había empleado había levantado más cabezas de las que le gustaría y lo repitió en un tono más sosegado—: Ya basta. No podemos perder el tiempo discutiendo sobre estupideces. Estamos aquí por un único motivo y debemos ceñirnos al plan.
—Siempre con el plan —se quejó Cuatro sin apartar la vista de los pájaros—. Todos los días lo mismo y todos los días acaban igual.
—No es fácil, lo estoy intentado. Si me ayudarais más en lugar de discutir entre vosotros, quizá ya habríamos salido de aquí.
—Estamos aquí porque te ayudamos.
—Estamos aquí porque no nos aceptan.
—Tiene razón —le apoyó Tres—. Nadie nos ayudará salvo nosotros mismos. A nadie le interesa que contemos la verdad, a nadie le interesa oír hablar de clones.
—Lo que tú digas, hermanito, pero yo me estoy cansando de observar y estudiar —dijo Dos—. Deberíamos pasar a la acción.
—Todo a su debido tiempo, todavía no es el momento —replicó Uno—. Ahora callad, no podemos arriesgarnos a que nos oigan.
Una mujer con una bata fea y desgastada se le acercó con un vaso de agua en la mano y un par de pastillas en la otra. Se lo entregó todo sin abandonar una sonrisa perenne en su rostro.
—¿Solo para mí? —preguntó Uno.
—Solo para ti —respondió la mujer, esperando con paciencia hasta que se lo hubo tragado todo—. ¿Cómo te encuentras hoy?
—Bien. Estaba… hablando con mis hermanos. Espero que no hiciéramos mucho ruido, no quisiéramos molestar.
—Para nada —los ojos de la mujer se desviaron al resto de sillas, las cuales aparecían vacías en su visión, e intentó controlar una expresión de pena que Uno percibió al instante, aunque de forma errónea—. Si necesitas algo, dímelo, ¿de acuerdo?
—Claro, gracias por todo.
—No me las des, es mi trabajo. Disfruta de la mañana.
La mujer le puso la mano en el hombro y Uno puso la suya encima, sintiendo su calor a través de la piel. Le devolvió la sonrisa más sincera que pudo generar cuando ella se marchó.
—Deberíamos acabar con ella primero —dijo Dos.
—Nadie acabará con nadie —lo interrumpió Tres antes de que soltara alguna barbaridad más—. Lo único que queremos es salir de aquí.
—Y ya sé cómo hacerlo —dijo Uno, quien no perdía de vista a la mujer tras haber malinterpretado sus gestos.
Foto de Anne Nygård en Unsplash
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