Cristian C. Bellot | Relato VI: Vida en muerte
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Relato VI: Vida en muerte

– Relato seleccionado para la colección Eliza, que ya no está y 14 relatos más de fantasmas, del Grupo Amanecer – 

Mucho se ha especulado sobre lo que hay después de la muerte. Miles y miles de horas de conversaciones, en ocasiones filosóficas, en ocasiones disparatadas, en ocasiones vacuas, o como simple relleno de tiempo entre tragos de alcohol. Cuando nuestros cuerpos cesan de sus funciones vitales, cuando aceleran su descomposición hacia la podredumbre, hacia el polvo, hacia el regreso en unión con la naturaleza, ¿qué le ocurre a nuestra alma, a nuestro espíritu? ¿Qué ocurre con nosotros? ¿Existe un «nosotros»? ¿Existe un «yo»? ¿Existe el alma, o todo lo que tenemos son los imperfectos cuerpos y un cerebro racional que nos permite plantearnos estas cuestiones? ¿Nuestra propia existencia nos engaña a su fin?

Cada religión plantea una respuesta desde la certeza pero sin pizca de ella. Cada clan configura un relato basado en historias cuya concepción es muchas veces más enigmática. Pero cada persona, en su individualidad, puede generar la explicación que considere más plausible, por muy inverosímil que al resto del mundo le pueda parecer. Si es algo desconocido por todos, no se rige por ninguna regla y, por lo tanto, cualquier idea extravagante puede ser posible; yo mismo tenía mis propias ideas, debo decir que todas ellas equivocadas. Aunque, en general, la mayoría suelen tener puntos en común, incluso si la distancia hizo casi imposible la interacción entre dos grupos o dos individuos.

La prueba más clara está en las creencias del Clan del Viento y del Clan de la Luz. Los dos clanes más alejados entre ellos que pueblan estas tierras, kilómetros y kilómetros los separan, valles, montañas y lagos los separan, con idiomas distintos, con rituales religiosos hasta cierto punto antagónicos, y con diferencias físicas tanto en el color de la piel como en el de los ojos. Uno lleno de guerreros, el otro gobernado por monjes. Uno habita tierras bajas, entre tortuosos pasillos escarbados en las rocas; el otro observa el mundo desde los altos picos de las montañas del norte, desde la seguridad de la elevación. Dentro de mi limitado conocimiento no tengo constancia de que hayan intercambiado nunca una sola palabra. Pero ambos creen en la reencarnación, en que la vida más allá de la muerte es otra vida que empieza de cero. En que podrán subsanar sus errores cuando vuelvan a despertar.

No ocurre así en mi clan. Porque para el Clan del Agua no hay nada más allá del final. La muerte es la muerte. Es un punto sin continuación, es la conclusión de nuestra existencia. Nuestra vida es la que sentimos, la que vemos, la que disfrutamos y la que sufrimos. Tenemos un tiempo limitado, y nada de lo que hagamos durante nuestro periodo consciente tendrá consecuencias tras su expiración. No importa la maestría que alcancemos en la manipulación del agua, o el rango o éxitos que obtengamos. Porque no lo hacemos para lo que llegará después sino para el ahora, y para los que vienen detrás de nosotros.

En mi caso, todo lo que hice fue por y para mi hermana. Decían que era el mejor, el más hábil y el más fuerte. Decían grandes cosas sobre mí, algunas exageradas, pero solo era todas esas cosas por ella. Como tantos otros desde que empezó esta estúpida guerra, hace muchos años, ya no recuerdo cuántos, nos vimos obligados a crecer y vivir solos. Ella era mi familia y yo la suya. Nuestros padres murieron sin justificación y en silencio, obligados a embarcarse en una lucha que no habían solicitado. Detrás de ellos solo quedó un pedazo de tierra roja y negra, nada más. Ni siquiera el polvo del camino que habían recorrido a lo largo de sus vidas. Porque tras la muerte lo único que existía era la gran nada. Mi hermana es, o más bien era, una férrea creyente de la no creencia, y no albergó esperanza alguna de que nuestros padres nos ofrecieran su ayuda desde algún lugar místico. Yo era su ayuda. Sigo siendo su ayuda.

Nuestros enemigos en la ridícula guerra, en cambio, el Clan del Fuego, se ríen de nuestra falta de creencias en la muerte. Ellos son nuestros opuestos en estilo de vida, en poder elemental, y por supuesto en ideales. La vida después de la muerte es su premio, pero uno por el que deben luchar y mostrar sus credenciales. Una vida llena de honor y de grandes hazañas les asegura la eternidad en su paraíso; una vida llena de vergüenzas es un infierno antes de su verdadero infierno. Muchos los consideran unos bárbaros cuyos ojos solo distinguen la sangre y cuyas manos de fuego solo pueden y buscan causar dolor, pero sus maniobras revelan su condición de soldados entrenados hasta el agotamiento con un único objetivo.

No sé si estas diferencias causaron nuestra guerra o si fue algo todavía más estúpido. Lo único que sé es que un día se iniciaron los ataques. Un día unos obtuvieron su final y otros la gloria. O puede que nadie obtuviera nada, puede que todos perdieran. Porque ese día los campos empezaron a mutar su color. Verde, amarillo y violeta desaparecieron en la tristeza. Rojo destrucción y negro abrasador ocuparon sus lugares. Quizá los colores también mueren. Quizá tienen su propio paraíso o su propio infierno. Quizá sufren como nosotros. Creo que nunca fue más cierto ese dicho de que la muerte lo alcanza todo.

Pronto la guerra se transformó en la rutina diaria. Los sonidos horripilantes en sus inicios se convirtieron en parte natural de nuestras tierras, sustituyendo a la vida que no entendía lo que ocurría. Nuestro mundo pasó a girar alrededor del sinsentido enfrentamiento. Y mientras otros clanes se preguntaban lo que habría después del final, Agua y Fuego lo descubrían en primera persona.

Tuve que convertirme en el mejor para proteger a mi hermana pequeña. Tuve que luchar para que ella no lo hiciera. Porque si la perdía, se convertiría en un recuerdo, y estos a veces son tan resbaladizos que se escapan entre tus dedos para no volver jamás. ¿Qué quedaría después? De mis padres solo sus nombres. No estaba dispuesto a permitir que mi hermana se convirtiera en cinco letras. Pero la guerra, como la muerte, atrapa todo y a todos. Y la atrapó a ella.

Mi hermana nunca estuvo dotada para la manipulación elemental. Esa parte de los genes la absorbí yo por completo; a ella le llegó un cuenco vacío. Pero tampoco obtuvo una gota de cobardía. Mirando a sus ojos podías imbuirte de su afán de protegerme, supongo que lo mismo que se vería en los míos. No iba a quedarse quieta mientras yo jugaba con mi muerte día tras día, no iba a aceptar que me convirtiera en un nombre y polvo perdido en el viento. Y solo el final de la guerra evitaría que nosotros llegáramos a nuestro final abrupto.

Hay algo que te llama la atención la primera vez que te ves envuelto en una batalla. No son los gritos, el entrechocar de armas, las bolas de fuego o las lanzas de agua. Ni siquiera el extraño silencio que se crea entre el sonido. Para todo eso sueles estar prevenido, es común en todas las historias. Lo que más te llama la atención son los gestos al morir, las muecas de los cuerpos que pueblan el campo de batalla. Porque nada indica que esos hombres y mujeres hayan ido a un lugar especial o a uno horrible, ni tampoco que no quede nada de ellos. Sus rostros reflejan el mismo dolor y el mismo temor a lo que vendrá después. Porque en los últimos segundos, todos se preguntan si estaban equivocados, si eligieron creer en algo porque la alternativa era demasiado horrible.

Gente lucha y gente muere, y a nadie le importa si eres el mejor o un pobre desgraciado que no tiene ni idea de dónde se ha metido. A nadie le importa si obtendrás una recompensa, un castigo o la indiferencia. Todos morimos igual, haya o no algo después. Mi hermana lo descubrió en su primer día.

Es curioso, las creencias sobre la vida tras la muerte son muy variadas, pero sobre agua y fuego solo hay una: el fuego no puede sobrevivir en el agua. Y es tan cierto como falso. Intenta encender un fuego con madera mojada y no lo conseguirás. Intenta conservar una fogata bajo una fuerte lluvia y fracasarás. El agua acostumbra a significar la muerte para su opuesto. Pero la gente se olvida de un aspecto básico de la relación: el fuego convierte al agua en vapor. De alguna forma, para apagar un fuego, el agua debe sacrificarse. Su fortaleza es su propia debilidad. La muerte lleva a más muerte. ¿Y qué hay después? ¿Cenizas, vapor? No es más que polvo.

Y es que, si eso fuera verdad, si el poder del agua fuera tan superior al del fuego, la guerra habría durado tan poco que no merecería denominarse con tal vocablo.

Pero el agua también muere, y los que nos protegemos con ella seguimos el mismo destino. Un escudo de agua no es infalible contra un fuego continuo y penetrante. Hay que imaginárselo como si fuera de hierro o de madera: se resquebraja y se parte. Y luego se desmorona. El desafortunado que se encuentra detrás recibe el impacto que pretendía resistir. El agua que forma nuestro cuerpo se vuelve inútil en la agonía. Morimos. Y obtenemos nuestra respuesta a la muerte.

La mía me llega al observar mi propio cuerpo calcinado. En una posición antinatural, con el gesto de desesperación eterno en las facciones restantes de mi rostro, rodeado de humo que se desprende de la carne. Mi vida alcanzó su final mientras trataba de proteger a mi familia. Lo recuerdo a la perfección pero el único sufrimiento que padezco es el emocional. Y recuerdo que lo último que pensé fue en si me recibiría la nada más absoluta.

No sé lo que soy, no tengo la información necesaria para discernirlo. ¿Un espíritu? ¿Un espectro? ¿Un recuerdo? No sé si esta es la respuesta a lo que nos ocurre al acabarse nuestras vidas o si solo es mi respuesta personal. Desconozco si alguien acertó que era esto. Solo sé que soy incorpóreo, que no hay nadie más como yo en el campo de batalla, que a los demás muertos les aguarda otro destino, y que mi hermana es la única que puede verme. Con una rodilla en el suelo, junto a los restos de mi persona, sus ojos llorosos miran con fijación a los míos. Pero no hay pesar en ellos; tan solo rabia por fallarme, y determinación para acabar con tanto sufrimiento inútil y permitirnos descansar. Porque soy la prueba de que no es solo polvo en lo que la muerte nos convierte, de que recordamos nuestro dolor después de esta.

Pero no lo entiendo. ¿Acaso soy yo de verdad? ¿O soy una aparición que ha usurpado la imagen de un muerto? ¿Es temporal? ¿O es el inicio de mi eternidad? Sé que puede resultar irónico, pero la respuesta a una de las grandes preguntas de la humanidad me genera otra colección de preguntas. Porque no me siento pleno, sé que no se ha terminado mi trabajo; todavía necesito proteger a mi hermana, a quien siento como si estuviéramos ligados, como si mi poder fluyera a través de ella. Por razones que dudo que jamás llegue a comprender, se me ha otorgado una nueva oportunidad, una vida en muerte, y no pienso desaprovecharla.

Foto de Adam Kring en Unsplash

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